El significado de la 4T

Por Patricia Patiño

En esta ocasión quiero compartirles algunas inquietudes que nacen no desde la militancia ni desde ninguna clase de ideología, a las que bien podría apelar. Son resultado de mi preocupación por una especie de estado de agitación social, económica y política que, si bien es normal en un país que ha decidido transformarse, no significa que sea una cuestión simple ni que podamos digerir tan fácil, y menos ante los embates de los "héroes y defensores" de un corrompido sistema que se niega a renunciar a sus enormes privilegios. Por ello quiero hablarles del significado de la 4T, especialmente de lo que verdaderamente se halla en riesgo ante su eventual fracaso.  

Hace algunos años un viejo profesor me dijo que no había nada en el mundo que tuviera mayor poder que los Estados y estaba en lo cierto. Tanto en términos del derecho internacional como del nacional, los Estados son los responsables de salvaguardar la vida, las propiedades, los derechos y libertades de las personas. Los Estados, decía Max Weber, mantienen la pretensión del uso legítimo de la coacción física pero también son los responsables de intermediar entre los intereses económicos de sus nacionales dentro y fuera de sus fronteras, en otras palabras, son éstos los que abren las fronteras para el intercambio comercial. 

El Estado mexicano, toda proporción guardada, fue una institución fuerte, pero a diferencia de aquellos Estados cuya fortaleza se fincaba en sus instituciones republicanas, en su economía y en el poderío de sus ejércitos, el nuestro se construyó sobre sus más elevados fundamentos sociales, herencia de una de las dos grandes revoluciones del siglo XX y ejemplo de un derecho social de vanguardia en el mundo. 

Es cierto, el gran déficit del Estado posrevolucionario fue la ausencia de instituciones, espacios y procesos democráticos, pero el carácter social que emanaba desde su Constitución probablemente facilitó el desarrollo de la vida pública sin grandes conflictos, al menos hasta que el desvanecimiento del desarrollo estabilizador se manifestó en toda su crueldad en 1968. Pero en términos del desarrollo económico y social lo peor estaba por comenzar con los gobiernos neoliberales que optaron por invertir los términos de la ecuación, es decir, en la medida en que apostaron por la ciudadanización y apertura de la política, desmantelaron desde su raíz los cimientos sociales que caracterizaron al Estado mexicano tras el fin de la Revolución. 

Desde mi óptica, ya está más que explicado lo que significa separar el poder económico del político en esta cuarta transformación, lo que para mí es determinante, es que todo intento real de cambiar el estado de cosas pasa simplemente por reformar al Estado mexicano, sometido a disposición de un reducido grupo, por cuarenta años. La 4T representa el proyecto político, social e incluso económico más ambicioso y de mayor envergadura desde 1917, pero también uno de los esfuerzos de transformación social más importantes en el mundo. 

Es lógico, no tanto que no se entienda, sino que no se acepte y que enfrente resistencias tan descomunales porque nunca, como ahora, se había gestado semejante impulso al desarrollo social y en un breve lapso de tiempo. Es claro que el gasto social del actual gobierno, castigado duramente en el pasado,  es cuestionado precisamente cuando se busca beneficiar a amplios y diferentes sectores de la sociedad mexicana ancestralmente en abandono, pero no fue motivo de crítica cuando se sacrificó en favor de muy reducidos grupos oligárquicos que, desde entonces y hasta este momento, se congracian con la premisa de la reducción del Estado y la libre empresa. 

¿Que pasaría si nos dejamos llevar por lo que dicen en materia de economia, seguridad o de la falta de estrategias, los detractores de la 4T? 

¿Que pasaría si dejáramos de creer  en la 4T? Estaríamos renunciando a ser ciudadanas y ciudadanos activos y con criterio; pero no será así, porque estos 40 años nos han enseñado que no todo lo que nos dijeron que hicieron por México fue para los y las mexicanas, ni las reformas estructurales nos llevaron al paraíso, de manera que la paciencia proactiva es lo menos que nos debemos porque lo que está en riesgo no es el proyecto de una persona o de un partido, sino el de pueblos y comunidades de todo el país, de los y las jóvenes, niñas y niños, pero también personas adultas; en otras palabras, el futuro de la nación misma, término del que abominan los grupos de derecha, pero que entraña el pasado, presente y futuro de toda la población y, claro, de sus minorías. Sin Estado social no habrá nación ni recursos para satisfacerla y ese sería el costo real de obstaculizar el avance de la auténtica transformación.

Como escribió Maquiavelo, “nada es más difícil de realizar, ni de más dudoso éxito, ni de mayor peligro para manejarla, que el establecimiento de grandes innovaciones, porque el legislador tiene por enemigos a cuántos vivían bien con el régimen anterior”. 

Las reformas impulsadas por el presidente López Obrador recuerdan a las reformas del Estado posrevolucionario; solo que en su caso éstas reformas no son formalmente una nueva Constitución, aunque tocan aspectos sustanciales del Estado, que en la práctica implican una transformación; las más importantes después del constituyente de 1917. 

Y, aún cuando no rompen con el sistema capitalista si establecen nuevas reglas del juego que no le han gustado a los sectores más recalcitrantes de la oligarquía económica, acostumbrada a beneficiarse de pactos de complicidad, privilegios e incluso de actos de corrupción. Por ello han promovido y cobijado campañas de descontento con las actuales políticas  que buscan el establecimiento de un Estado social y popular que recupere la rectoría sobre el desarrollo nacional como afortunadamente aún establece el artículo 25 constitucional. 

Quien apuesta a cambiar el estado de cosas automáticamente apuesta por el camino difícil, no hay alternativas fáciles y es predecible que el presidente y la 4T tendrán que sortear más obstáculos, en cada uno de los cuales se jugarán su futuro, que es el nuestro.
¿ Que harías tú por tu futuro, por nuestro futuro como nación ?
Espero tus comentarios con empatía.

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