FIN DE UNA ERA: LA INDIFERENCIA ANTE LO INÉDITO

Por Miguel Angel Vázquez Ruiz

El sentimiento generalizado ante el confinamiento propiciado por el coronavirus es el enfado, el aburrimiento, la abulia y el desinterés por ver más allá de lo estrictamente cercano: la sana distancia. No parece advertirse que estamos ante acontecimientos nunca observados, ahora sí, se vale decir, inéditos.

Todo indica que asistimos al fin de una era. Ante lo viejo que muere, el mundo se reconfigura de norte a sur, de este a oeste. Estados Unidos pierde espacios que había ganado a partir de la crisis de 1929 y la segunda posguerra del siglo anterior, intersticios que está llenando la milenaria China, que ahora reconstruye la ruta de la seda para llegar a cada esquina, a cada rincón del mundo.

El paradigma dominante ha perdido fuerza en sus ideas. El mundo de hoy ya no podrá organizarse tomando solo en consideración la dinámica del mercado, la competencia, los negocios y las ganancias, por la evolución darwiniana, por el sálvese quien pueda. El escenario de hoy sugiere, o más bien exige, otras estrategias para reinventar la vida: regular mercados, cooperación, solidaridad, sustentabilidad, vecindad, utopías tal vez difícil de lograr, pero alcanzables cuando lo que está en juego es la preservación de la vida. ¿Exagerado? ¿Acaso no es esa la principal preocupación ante el asecho del Coronavirus?

El mercado ha dejado de tener la sabiduría que se le atribuyó, en el sentido de que todo lo ponía en su lugar. La realidad del siglo XXI indica que el mercado ya dio lo que podía dar: ha dejado un mundo donde cada vez hay más pobres más pobres y menos ricos más ricos. Como dice Joseph E. Stiglitz: ahora hay que enfrentar “El precio de la desigualdad”. También una naturaleza devastada, océanos llenos de basura, descomposición social y lo que antes eran bienes públicos gratuitos, ahora tienen precio, el mejor ejemplo es el agua.

El reto es reposicionar el liderazgo del Estado, única institución que de manera racional puede planear haciendo uso de los instrumentos de los que dispone para hacer Política Económica: política fiscal, monetaria, tipo de cambio y comercio exterior y acuerdos con los países y las instituciones del mundo. Para ello se requiere: claridad de objetivos y estrategias, honestidad, reglas fijas y claras para convenir con la empresa y la sociedad. Un horizonte con rutas de llagada, claras.

La nueva tarea del Estado no es menor. Es monumental. A la urgencia de aplicar medidas contra cíclicas a través del gasto público y la política monetaria, ahora hay que añadirle muchas más: el manejo de la pandemia, los problemas de inseguridad y violencia, la descomposición social, la educación, que ahora enfrenta el reto de superar lo presencial a través de las nuevas tecnologías, en cuyo manejo no son millones los iniciados.

La sociedad discurre hacia una nueva realidad. Más temprano que tarde tendrá que asimilar que el problema no es únicamente el aburrimiento causado por cuatro paredes, un techo y un piso, o tomar distancia ante un enmascarado que no conoce, a quien se ve de reojo con recelo; o que no son suficiente las compras de pánico, haciendo kilométricas filas para abastecer la alacena.

Demasiadas cosas a la vez, para asimilarlas de un solo golpe. No debería de haber espacio para el hastío, sino para el replanteamiento, la reflexión y la construcción de nuevas formas de convivencia. La suerte está echada, estamos ante acontecimientos que parten la historia.

A la realidad de hoy no se le puede eludir desde el hastío, sino enfrentarla desde todas las trincheras. Porque como dijera Ryszard Kapuscinski: ¡No hay atajos en la Historia!

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